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viernes, 10 de junio de 2011

LA ETERNA PRIMAVERA DE STEVE NASH

"Que más quisiera que pasar la vida entera, como estudiante el día de la Primavera" (Andrés Calamaro, "La parte de adelante") 

No sé cual es la edad media del lector de este blog, en caso de que tal figura exista, pero déjenme decirles algo, una de esas verdades irrefutables y universales, una ley de vida: cualquier tiempo pasado fue mejor. Evidentemente todo depende de las circunstancias personales del momento, pero por muy distintas, entre favorables y amargas que puedan pendular tales circunstancias, hay otro poder absolutamente descomunal e igualmente subjetivo y circunstancial al individuo: el de la juventud. 

La juventud es un periodo realmente indefinido, que tampoco depende exactamente del número que muestre tu DNI, hay quien es viejo a los 20 años, y quien mantiene una jovialidad aplastante a los 50. La juventud se muestra así casi más como un estado del alma que un aspecto físico. La juventud es una eterna Primavera, esa en la que tus problemas son el examen de Historia del día siguiente o seducir de una vez al mito erótico del instituto con quien ni siquiera te has atrevido a cruzar una palabra, mientras piensas que esas son las trabas más difíciles de superar que te va a poner la vida, escollos insalvables, pruebas que Dios te pone para joderte la vida, sin saber, pobre incauto, todo lo que vendrá después. O como dijo Oscar Wilde: "la juventud es un tesoro que se desperdicia en los jóvenes", incapaces de poder aprovechar la poderosa arma que supone ese estado vital en el que eres una bomba de neutrones andante y tu corazón es una granada de mano. Esos momentos en la vida en los que cada mirada echa fuego, y cada palabra es un cañonazo. Si al fin y al cabo, vivir es ir muriendo, que decían los barrocos, más vivo estás cuanto más joven eres.

Evidentemente no dedicaría parte de mi tiempo a escribir sobre baloncesto si no fuera porque aparte de ser mi deporte favorito, es un escenario en el cual este tipo de pensamientos y pequeñas filosofías que habitan mi mente encuentran asombrosos reflejos metafóricos, espejos reales de mi imaginación de tirador melancólico. Así pues, no es difícil encontrar en este juego una de las figuras más atractivas para mí: la del eterno adolescente. Y pocos jugadores encajan mejor en esa definición que nuestro protagonista de hoy, el auténtico Dorian Gray de las pistas de baloncesto: Steve Nash. 

Me gustan las mujeres, me gusta el vino.


Nash es un baloncestista muy especial por muchas razones, un tipo distinto, inquieto. Exponente de cierta multiculturalidad global muy de nuestros días (nacido en Sudáfrica, criado en Canadá, emigrado a Estados Unidos, y casado durante años con una mujer paraguaya, pero por encima de todo con cierta mentalidad y cultura europea), comprometido y sin miedo a decir lo que piensa (se opuso rotundamente a la intervención estadounidense en Irak del 2003), amante del deporte en general, especialmente el fútbol, y con tendencia a la buena vida y los gustos refinados. El máximo asistente histórico de la californiana universidad de Santa Clara ha repartido su prodigiosa carrera NBA entre dos equipos, Phoenix y Dallas, durante de momento década y media, que esperemos se prolongue. Con sus actuales 37 años ha sido esta temporada el líder en asistencias de una liga que vive una auténtica edad dorada de "point-guards", asunto del que seguramente hablaremos un día de estos. Por encima de la impresionante camada de bases actual (Paul, Williams, Rondo, Rose, Westbrook...), ha sobresalido su figura como la del máximo exponente de base puro, de director de orquesta, del mejor compañero posible en una cancha de baloncesto, él pone la música y tú sólo tienes que bailar, todo ello acompañado de sus siempre notables porcentajes de tiro, no estando lejos esta temporada de sus dos años MVP en cuanto a números individuales. En un equipo actualmente sin aspiraciones reales como los actuales Phoenix, es un placer seguir disfrutando de la manera de entender el baloncesto del bueno de Steve, cargada de la suficiente electricidad como para tenerte atrapado en el sofá viendo sus evoluciones sobre el parquet, pero siempre regida por una inteligencia innata para este deporte.   

Dirk y Steve, amigos para siempre.




Al margen de éxitos individuales, que cobran su mayor relevancia en los dos premios MVP de temporada regular obtenidos en 2005 y 2006 (quedando segundo la temporada siguiente en una reñida disputa con su buen amigo el alemán Dirk Nowitzki, otro personaje muy querido en este blog), hubo un tiempo en el que era asiduo a las rondas finales de los play-offs y perseguía la gloria del anillo que posiblemente jamás consiga, engrosando la lista de grandes nombres que han pasado por la liga sin ser campeones. Ayudó al crecimiento de los actuales Mavericks de Dallas, a su llegada un equipo en reconstrucción, al lado de un Nowitzki con quien mantuvo una gran relación tanto dentro como fuera de la pista, dotando al equipo de un sello de identidad que prácticamente ha mantenido a lo largo de los años como buena escuadra de baloncesto de ataque, para volver a su original franquicia de Phoenix donde asociándose con jugadores como Shawn Marion y sobre todo una fuerza de la naturaleza como Amare Stoudemire desató una tormenta de baloncesto ofensivo espectacular, que habitualmente era frenado en play-offs por los rocosos Spurs, ofreciéndonos series épicas en las que vimos a Steve literalmente partirse la cara por su equipo, con sonados encontronazos y porrazos con Tony Parker, con el Bruce “Kung-Fu” Bowen, o el más sonado con aquel coleccionista de anillos con mono de obrero llamado Robert Horry. Aquellos Spurs tan dinásticos como antipáticos fueron un crudo invierno que se abatió sobre el soleado juego de nuestro protagonista, pero títulos de campeón al margen, esperemos que Steve Nash siga viviendo su eterna Primavera para regocijo de todos nosotros. 

Steve tras pasar por la clínica de los San Antonio Spurs, expertos en cirugía plástica



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