¡SÍGUENOS DESDE TU CORREO!

viernes, 23 de enero de 2015

GASOL STAR WEEKEND



¿Dónde te escondes, hermano?


El sueño se hizo realidad. Por primera vez en la historia dos hermanos serán titulares en un All Star Game de la NBA, con la particularidad de que no son nativos estadounidenses sino compatriotas nuestros, que han tenido que trabajar muy duro y derribar muchos prejuicios para llegar a alcanzar este estatus. El baloncesto español ha evolucionado de una manera tan brutal que cualquier niño de mi generación que haya crecido deslumbrado viendo por primera vez la NBA de mediados/finales de los 80, hubiera mandado encerrar a un cotolengo bajo siete llaves a quien hubiese osado afirmar que apenas 30 años después íbamos a haber vivido cosas como el ser campeones del mundo, disputar dos finales olímpicas con opciones de victoria ante equipos plagados de estrellas NBA, contemplar a uno de los nuestros ganar dos anillos consecutivos siendo el segunda espada de nada menos que Los Angeles Lakers… o ver a dos hermanos originarios de Sant Boi de Llobregat estando entre los diez jugadores favoritos por los aficionados de todo el globo terráqueo para disputar el partido de las estrellas. Es decir, entre los diez mejores jugadores del mundo actualmente, los diez más deslumbrantes. 

En el caso de Pau le llega a sus 34 años, en uno de los mejores momentos de su carrera y como ejemplo del tipo de deportista que representa. El competidor nato que se empeña en ser mejor cada día en su ámbito individual y ayudar con ello al colectivo para el que trabaja (otro ejemplo, a una escala más modesta como es el basket FIBA, pero también dentro de nuestra mejor generación de la historia, sería el actual Felipe Reyes) Callando voces que le calificaban de “acabado”, como la de Shaquille O’Neal, quien en una conversación televisiva con otro ilustre bocazas como Charles Barkley tildó con ese adjetivo al mejor jugador español de todos los tiempos. Quizás Shaq hablaba por experiencia propia, sabiendo lo que significa estar acabado, cuando tiró por los suelos el final de su carrera mudándose constantemente de franquicia con la única intención de ampliar un palmarés que ya no volvió a crecer y haciendo olvidar al pívot que había deslumbrado en Florida y California. Le tenemos mucho cariño a O’Neal por todo lo que ha representado para el baloncesto, pero también nos fastidia que a este tipo de personajes se les de un altavoz para decir la primera tontería que se les pase por sus cabezas, dejando de lado análisis más serios que por desgracia el aficionado debe rebuscar más entre tanta basura amarilla y sensacionalista que rodea el deporte (aún así nos congratulamos de que el baloncesto no llegue ni por asomo a los niveles execrables del fútbol en ese sentido)


A ver quien la suelta más gorda 


Respecto a Marc, tras reconocimientos como mejor defensor del año e integrar el segundo quinteto ideal de la liga en la temporada 2012-13 (en una edición en la que en el primero, en el puesto de pívot, estaba un cuatro como Tim Duncan, es decir, Marc fue considerado el mejor cinco del campeonato), reconocimientos que no pudo reeditar el pasado curso por culpa de las lesiones, este premio por parte de la afición le llega a punto de cumplir los 29 años y alcanzar el cenit de su carrera baloncestística (suele ocurrir alrededor de los 30), superando en las votaciones a todo un ídolo como Dwight Howard y reabriendo un debate que cada vez tiene más a su favor: ¿es el mejor pívot puro del mundo a día de hoy?, posiblemente sí. 

Y ahora vayamos a la realidad de lo que supone ser titular en un All Star Game, ya que desgraciadamente el talibanismo baloncestístico entre FIBA y NBA es de doble dirección, y en Europa muchos aficionados siguen considerando que no se trata más que de una pachanga sin valor alguno. Por encima de consideraciones deportivas, significa estatus, reconocimiento, valor. Un valor que se traduce en contratos publicitarios, mejores posibilidades de negociaciones con las franquicias, más respeto por parte de entrenadores, rivales, compañeros, árbitro y público, mayor atención mediática, mayo peso en el vestuario, mayor crédito en el equipo incluso cuando no estés en tu mejor momento, capacidad para ejercer liderazgo, y un largo etcétera de cuestiones que se podrían resumir en ser la clase más alta posible dentro de una competición que es claramente clasista y donde los roles siempre están muy definidos. 

En efecto, la NBA es clasista, pero es un clasismo en cierta medida justo. Dicho de otro modo, da oportunidades y premia el talento y el esfuerzo. Pensemos en nuestros protagonistas. Pau era un auténtico desconocido en Estados Unidos (y apenas una estrella emergente en Europa) cuando desembarca en el baloncesto norteamericano en el arhturcclarkeriano año de 2001. Europeo, blanco y flaco, tuvo que ganarse todo el reconocimiento que ahora tiene a base de trabajo duro y de derribar muchos prejuicios (no del todo derribados, y a lo de Shaquille O’Neal nos remitimos de nuevo) Tampoco eran nadie para el público estadounidense Tony Parker (elegido al final de la primera ronda de precisamente el mismo draft que Pau) o Dirk Nowitzki (venía de la segunda división alemana), hoy día estrellas consagradas y ganadores de premios tanto individuales como colectivos. Las mismas oportunidades que Pau, Parker o Nowitzki las han tenido los Barnagni o Milicic pero ni de lejos han llegado al nivel de los tres primeros. ¿La diferencia? La ética de trabajo en el caso del italiano, el talento (de ética ya ni hablamos) en el caso del segundo. No sé si el mito de Estados Unidos como “la tierra de las oportunidades” es cierto, pero seguro que en el caso del baloncesto profesional si es así. Piensen si no en casos de jugadores venidos de la liga de desarrollo que con un contrato temporal se convierten en estrellas (Jeremy Lin), jugadores hundidos en segunda ronda del draft que adelantan a toda velocidad a quien se les pone por delante en cuanto tienen minutos (Monta Ellis) o incluso jugadores no drafteados y que parecían destinados a ser carne de baloncesto europeo (Ben Wallace) En efecto, el baloncesto NBA es clasista, pero no es un clasismo en el que se juega con los naipes marcados. Baloncestistas con peores cartas de mano que otros que llegaban como números uno del draft o como estrellas mediáticas casi desde High School han escalado más alto y demostrado la valía de su juego en cuanto alguien les ha abierto una rendija por donde introducir su talento.   


Nowitzki, de la segunda alemana a primer europeo MVP de la NBA.


Aún más sangrante es el caso de Marc Gasol, quien no sólo ha tenido que derribar prejuicios en Estados Unidos si no en nuestro propio país. Recuerden aquel inolvidable verano de 2006 (sí, campeones del mundo), el mediano de los Gasol, el “zampabollos” que apenas encontraba minutaje en pista en un Barcelona regido bajo el látigo de Dusko Ivanovic, se colaba para sorpresa de todos en la lista definitiva para el Mundial de Japón. La sentencia popular era clara: “le llevan por ser el hermano de…”

Marc respondió a la confianza depositada por Pepu Hernández (5,5 puntos y 3,3 rebotes por partido en 12,5 minutos de juego, con un 77,3% en tiros de campo, llegando a jugar 17 minutos en la final ante Grecia con un buen trabajo defensivo y reboteador en ausencia por lesión de su hermano Pau) y a partir de ahí no ha dejado de evolucionar. Parecía que simplemente necesitaba que alguien le diera un empujón, una muestra de confianza como la que recibió de Pepu (claro que nunca sabremos que hubiera sucedido de no lesionarse Fran Vázquez, para quien estaba destinada la plaza que finalmente ocupó Marc) El trabajo físico comenzó a notarse en su cuerpo, dejando atrás al adolescente que había llegado a rondar los 160 kilos de peso. El Akasvayu Girona sería el club donde le veríamos explotar. En medio de su segunda temporada en aquel equipo se convirtió en noticia NBA de manera indirecta, siendo protagonista involuntario y secundario de uno de los trades más impactantes de los últimos tiempos, él que llevaba a su hermano Pau a Los Angeles Lakers donde ganaría dos anillos y jugaría tres finales a cambio, entre otras cosas, de uno de los grandes fiascos de la historia (Kwame Brown) y de los derechos de Marc Gasol. Gregg Popovich, quien tantas veces ha demostrado un gran ojo clínico, calificó el movimiento como “el robo del siglo”, e incluso en España admitimos que los Grizzlies salían perdiendo con el cambio de hermano. Lo bueno para Marc, quien estaba jugando a un nivel espectacular aquella temporada 2007-08 (acabó siendo MVP de la liga ACB), era que en caso de decidir dar el salto a la NBA lo haría a una franquicia en reconstrucción, sin apenas presión, y con escasa competencia en el puesto de pívot. Una vez más se abría un hueco por donde dejar salir todo su baloncesto, para un jugador que en su empeño de llegar a lo más alto aprovechó las vacaciones de verano tras su primer curso en Memphis para correr 14 kilómetros diarios con pesos de 13 kilos y cuesta arriba por Barcelona, o entrenarse con su antiguo compañero en Girona Darryl Middleton para mejorar sus movimientos en la zona, juego de pies, y juego al poste. 


En definitiva la historia de los Gasol se puede resumir en tres ingredientes: oportunidades, talento y trabajo. No hubieran llegado donde están sin ninguno de los tres. Muchos tuvieron los dos primeros, pero el tercero, el que depende más del propio deportista que de condicionantes externos, lo abandonaron. Pau y Marc no. Por eso ya tienen un sitio asegurado en el más resplandeciente olimpo baloncestístico.    


Ahí donde lo ven, se estaba gestando un All Star titular.

No hay comentarios:

Publicar un comentario