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lunes, 20 de febrero de 2017

DONDE NINGÚN HOMBRE HA LLEGADO JAMÁS





El Hombre Tranquilo



Pablo Laso lo ha vuelto a hacer. Su quinto título de Copa en seis años, su cuarto consecutivo, le sitúa en un terreno desconocido hasta la fecha en la era ACB. Lo ha hecho fiel a su estilo, dirigiendo a un equipo de marcadores desorbitados, canastas imposibles, juego sin red y una capacidad de sufrimiento que nos ha hecho recordar a la España del Eurobasket 2015, y es que cada vez parece más claro que una de las razones del actual éxito madridista ha sido impregnarse de parte del ADN de la mejor selección española de la historia, con el añadido además de una gota de la Generación Dorada argentina representada en un “Chapu” Nocioni que vuelve a resultar decisivo cuando hay títulos en juego. 


Ha sido sin duda alguna la Copa más sufrida de la era Laso, necesitando dos prórrogas antes de la gran final y poniendo a prueba los corazones de los aficionados, tanto madridistas como de sus rivales en unos partidos que pasarán ya por derecho propio a la historia de este deporte. Historia estuvo a punto de hacer el MoraBanc Andorra de Joan Peñarroya, una especie de Paco Jémez del baloncesto. Romántico e idealista, coetáneo de Laso en sus días de jugador, reivindica al igual que el vitoriano el baloncesto de ritmo alto, sin respiro, pese a no manejar una rotación tan larga como el entrenador madridista. Los del Principado realizaron un partido sencillamente soberbio minando la moral de un Real Madrid impreciso en ataque (tardaron 3.16 en anotar su primera canasta, un mate de Taylor) e incapaz de frenar a Shermadini en defensa. Ni Ayón, ni Randolph ni Hunter (éste último, desaparecido durante toda la Copa) pudieron con el gigante georgiano, quien volvió a dejar otra de esas exhibiciones con las que nos viene obsequiando jornada tras jornada en la Liga Endesa, traducida en esta ocasión en 27 puntos y 7 rebotes. De hecho la mejor noticia para los blancos es que le dejaron en un 50% en tiros de campo (8 de 16), no está mal si tenemos en cuenta que durante la temporada está promediando un 64%. Fue precisamente la actitud defensiva, la capacidad de sacrifico y la lucha por el rebote lo que mantuvo con vida a un equipo blanco que se frotaba los ojos cuando un triple de Burjanadze abría la máxima brecha en el marcador (21-37, a 3.49 para el descanso) Se esperaba reacción madridista a partir del tercer cuarto, pero no llegaría de inmediato, si no a partir del minuto 27, cuando Llull comienza a tomar el mando de las operaciones (8 de sus 22 puntos finales llegan en los últimos tres minutos y medio del tercer acto, para dejar el marcador en un incierto 56-59 con el que afrontar el parcial definitivo) Los andorranos no estaban dispuestos a echar por tierra su magnífico trabajo de 30 minutos, y pese a que un triple de Nocioni (decisivo en la remontada blanca, +16 con él en pista en los 10 minutos que permaneció en pista) ponía por primera vez a los de Laso en ventaja (64-63 a 8.49 para el final) los de Peñarroya aún sacaron fuerzas de flaqueza para con sus secundarios volver a estirar el marcador, y es que un triple del austriaco Schreiner ponía un 75-82 que parecía definitivo para el desenlace del encuentro a falta de sólo 2.21 para el final. Nocioni no se arrugó y respondió con otra canasta de tres que intentó contrarrestar Albicy sin acierto en la jugada siguiente. Ayón no perdonaba en la contra finalizando tras capturar él mismo el rebote defensivo. Los campeones se ponían a dos a falta de 1.24 para el final. Laso metía a Taylor por Carroll para defender a Albiciy, pero el base francés sacaba una falta al sueco que le llevaba a la línea y poner el 80-84 a 1.19. El marcador tardaría en moverse tras el fallo de Llull en el tiro y los pasos (polémicos, pero bien señalados) de Shermadini. Quedaban 44 segundos y el Real Madrid estaba obligado a anotar. Llull volvió a fallar pero capturó el rebote para que Doncic también errase, esta vez de tres, pero la lucha hasta el paroxismo por el balón de los blancos dio sus frutos ya que la tercera captura consecutiva en aro rival (Nocioni en esta ocasión) sirvió para que Jaycee Carroll (quien había vuelto a entrar a pista por Taylor, en una inteligente gestión de recursos de Laso con cambios “de balonmano”) pusiese a su equipo a un punto a falta de 16 segundos. Había que hacer falta y tener la última posesión. Los blancos sólo dejaron pasar dos segundos para mandar a Albicy al tiro libre. El francés no falló. Al Madrid le quedaban 14 segundos para mandar el partido a la prórroga. Fue entonces cuando llegó la jugada que ya forma historia de la Copa. Llull conduce el balón y ante la defensa andorrana retrocede a media pista para encontrar a Randolph libre y aprovechar el dos contra uno que está sufriendo. El espigado jugador germano-americano no falla. Empate a 86 y el partido a la prórroga. Nadie, absolutamente nadie, reclamó nada, porque nadie, absolutamente nadie, vio nada ilegal. Posteriormente la repetición televisiva y la cámara lenta evidenciarían que Llull pasó sobre la línea de medio campo cometiendo campo atrás. Prácticamente imposible de ver en directo, pero que desgraciadamente ha servido para que los intoxicadores de turno hayan querido convertir una de las mejores ediciones de Copa de todos los tiempos en “la Copa del campo atrás”. 


Sonaron las doce en el reloj de la cenicienta andorrana, desfondado en la prórroga ante un Real Madrid que llego a ganar hasta de once puntos en el tiempo extra con Llull estelar, anotando 8 de los 13 puntos de su equipo. Los otros cinco se los repartieron entre un imperial Randolph (finalizó con 25 puntos, 6 rebotes, 2 tapones y 2 robos) y Doncic (rozó el triple-doble con 12 puntos, 10 rebotes y 7 asistencias) El nuevo “Big Three” de Laso a pleno rendimiento. Un auténtico partidazo, pero nada comparado con lo que nos quedaba por ver. 



Andorra, la derrota con la cabeza más alta de la Copa.



Para proseguir con su particular “más difícil todavía” aparecía el Baskonia en el horizonte, un equipo con el que los blancos siempre tienen cuentas pendientes. Los de Sito Alonso habían derrotado a su rival de semifinales en Liga Endesa y en el partido de ida de Euroliga, pero todavía escocía el gran partido de Doncic en el Buesa Arena, quien acabó siendo hasta ovacionado por la afición vitoriana, y sobre todo en el recuerdo la semifinal copera del pasado año con los ocho puntos de Llull en minuto y medio para llevar a los blancos a otra final que acabaría suponiendo la tercera copa consecutiva, en aquella edición de 2016 en Coruña. Los anfitriones se habían deshecho de un Iberostar Tenerife que pese a su magnífica campaña y sorprendente segunda posición en la tabla evidenciaron que todavía no están a la altura de poder pelear por un título. Grigonis y Bogris dieron una exhibición (41 puntos, 10 rebotes y 8 asistencias entre ambos), pero adolecieron de una mayor regularidad en el tiro exterior, con jugadores tan fundamentales como Davin White y Aaron Doornekamp absolutamente negados al aro. Entre el exterior y el forward sumaron un desastroso 4 de 18 en tiros de campo. Por ahí comenzó a hacer agua el juego tinerfeño, que al menos recibió la buena noticia del retorno de Nico Richotti, quien apenas disputó poco más de tres minutos tras su larga lesión. Los vascos por su parte ofrecían una muy buena imagen, efectivos en el tiro (11 de 24 en triples) y con Larkin (26 puntos y 8 asistencias) y Hanga (16 puntos y 4 rebotes) como puntas de lanza de su ataque.


Si un equipo crece a través del sufrimiento, el Real Madrid llegaba a las semifinales con todas las condiciones para despegar, cuchillo entre los dientes, hacia una nueva final. La primera parte de los blancos fue espléndida, guiados por un Doncic de nuevo estelar en la ciudad que vio nacer a su entrenador. Curiosamente los mejores momentos madridistas coincidieron con la peor versión de Llull, errático en el tiro con 1 de 5 en tiros de campo y retirándose al vestuario con valoración negativa, pero su equipo 9 arriba (35-44) Bat-Man había dejado que fuese Robin quien llevase el peso de las operaciones en esa primera parte, y es que Luka Doncic firmaba un segundo cuarto prodigioso con 13 puntos, 3 rebotes y una asistencia. 


¿Alguien dudaba que el Baskonia, ante más de 15000 gargantas, en su mayoría locales, iba a meterse en el partido? A pesar de que Maciulis estiraba la diferencia hasta los 13 (35-48 a 9.07 del final del tercer cuarto), el diabólico juego exterior del Baskonia comenzaba a activarse y a base de penetraciones y triples entre Larkin, Beaubois y Hanga conseguían un parcial de 13-2 que hacía rugir el pabellón. Los anfitriones se desataban, pero el Real Madrid salvaba el primer momento delicado del partido con un Llull que comenzaba a aparecer y Rudy firmaba un triple que volvía a estirar la diferencia para los campeones (52-61 a 3.23 de acabar el tercer acto) A partir de ahí un pequeño intercambio de golpes que debía favorecer al Madrid, pero un palmeo en rebote ofensivo de Budinger a seis segundos de la bocina final cerraba en 64-68 el cuarto. Los blancos no habían llegado a desconectarse, pero el Baskonia definitivamente comenzaba a estar enchufado. Beaubois abría el marcador con un triple en el acto definitivo avisando que iba a ser su momento. Anotó 11 puntos en ese cuarto, incluyendo tres triples. Voigtmann llevaba el delirio a las gradas hundiendo el balón en el aro madridista para poner por delante a los suyos (73-72, a 7.35) Comenzaban las imprecisiones en los blancos. Acostumbrados a jugar en el alambre, parecía que no les importaba ver a su rival volar sobre la pista mientras ellos se negaban de cara al aro. Los triples baskonistas no encontraban respuesta, y después de Beaubois y Larkin el siempre presente Adam Hanga clavaba otro puñal desde el 6.75 con la posesión al límite. El Real Madrid tocado y hundido. Posiblemente el momento más crítico y en el que más eliminado se encontró en toda la Copa, en un fin de semana plagado de situaciones a vida o muerte para el equipo de Laso. Quedaban 3.21 para el final del partido y el Baskonia olía a finalista. 


Pero Vitoria es una ciudad propicia para los milagros madridistas (aquel triple de Herreros…) Laso volvió a encomendarse a la garra de Nocioni y a la defensa de Taylor (enorme trabajo sufriendo los bloqueos ciegos de los hombres grandes baskonistas), una buena defensa del sueco provocó una pérdida de Larkin. A Voigtmann le pudo la presión y perdió incomprensiblemente dos balones consecutivos. A todo esto Llull y Randolph insuflaban vida a los suyos en ataque. Sólo Beaubois volvía a encontrar aro por los anfitriones. Después de casi tres minutos sin anotar, el Baskonia respiraba con una penetración de su mejor hombre en semifinales (27 puntos, 2 asistencias, e incluso 2 tapones, uno de ellos inesperado ante Ayón), que ponía el 89-86 a falta de 52 segundos para el final. Absolutamente cualquier cosa podría pasar en el desenlace de un partido que ya había obtenido categoría de histórico. Nocioni no se arrugó para jugarse el siguiente ataque desde el triple, pero no hizo diana. Entonces emergió la figura de ese Wonder Boy jugando su último torneo sin ser mayor de edad para capturar un rebote frente a las torres baskonistas y darle vida a su equipo. De nuevo el rebote, la pelea, la seña de identidad blanca. Llull no perdonó esa segunda oportunidad y puso el empate a 89 definitivo, una vez que tanto Larkin y el propio Llull errasen sus últimos lanzamientos, uno para cada equipo. 


Ni en el más retorcido de sus pensamientos podían imaginar los aficionados madridistas que el camino a la final fuese a convertirse en un guión que hubiera firmado el mismo Alfred Hitchcock. Otra vez remontando, otra vez al tiempo extra. Otra vez asomados al precipicio y manteniendo el equilibrio de manera milagrosa. La conexión Llull-Ayón y el “efecto Nocioni” desequilibraron en la prórroga. Un limpio robo de balón del mejicano a Tillie, demostrando una vez más su habilidad de manos, con cuatro arriba y poco más de un minuto por jugar, fue decisivo, ya que el Madrid aprovechó esa posesión para que Llull desde la línea de personal estableciese una diferencia de seis, que a 1.02 para el final dejaba a los locales sin margen de error. Randolph, con otro tiro libre, estiraría aún más la diferencia y Beaubois cerraría el marcador con un nuevo triple ya intrascendente. Laso alcanzaba su decimoséptima final como entrenador madridista. Lo que estuviese pensando desde casa su cardiólogo es otra cosa.      




¡Ciudadanos de Gotham! ¡Bat-Man y Robin han vuelto!



En la final esperaría el Valencia (una final pronosticada por este humilde escribano en el podcast de la web El Mundo Madridista, grabado hace una semana, y donde auguré también el MVP para Llull) Los taronja llegaban en un momento de forma francamente bueno a esta cita, como demostraron desde el primer momento dejando sin opciones al Gran Canaria. Dubljevic viajaba a Vitoria con aroma a MVP y sentenciaba a los insulares con 22 puntos y 11 rebotes, dentro de un equipo que demostraba un apreciable equilibrio entre defensa y ataque y con un punto de madurez otorgado por veteranos con hambre (Rafa Martínez, San Emeterio…), veteranos que nunca han perdido el hambre (Sato) y jóvenes buscando establecerse definitivamente en la elite del baloncesto español (Vives, Sastre, Oriola…), todo ello bajo la batuta de un entrenador muy de “vieja escuela” como Pedro Martínez. ¿Candidatos al título?, por supuesto. 


El Barcelona tampoco supuso gran esfuerzo para los levantinos. Los de Bartzokas cumplieron dejando en la cuneta a un nuevamente decepcionante Unicaja, a base de tesón defensivo y los triples de Rice y Eriksson, pero no les daba para más, máxime cuando para seguir fieles a la negra tradición que están viviendo esta temporada perdían a Stratos Perperoglou, lesionado en el tobillo. Parece increíble decir esto tratándose de un club como el Barcelona, pero sinceramente y viendo con lo que tuvo que enfrentarse al Valencia, creo que han cumplido simplemente llegando a semifinales. Incluso en un gran segundo cuarto parecían tener posibilidades de llegar a la gran final y volver a ofrecernos un clásico en una final copera, pero ese equilibrio taronja ya referido se hizo patente tras el paso por los vestuarios. Un parcial de 13-30 en el tercer cuarto reflejaba a las claras las diferencias actuales entre uno y otro equipo, con un monumental Tomic (17 puntos y 15 rebotes) como un islote desierto en medio del desastre azulgrana frente a la orquestada coralidad naranja y cuatro jugadores anotando en dobles figuras, destacando un serio San Emeterio con 16 puntos y 4 rebotes. 


La final estaba servida. Los dos mejores equipos del torneo, los que habían realizado las rotaciones más largas y dosificado mejor a sus jugadores, pero con un desgaste físico y emocional más acusado en los de Laso, con diez minutos más de tiempo extra en sus piernas y sin apenas un solo momento de calma durante una Copa que les estaba costando sangre, sudor y lágrimas. El Real Madrid aparecía en la final como ese gigante al que llevan esperando derribar largo tiempo. El Valencia, huelga decirlo, también andaba sobrado de cuentas pendientes (dos últimas semifinales ligueras contra el Madrid) frente a los de Laso.


No obstante podría decirse que fue el partido más cómodo de la Copa, dentro del Calvario baloncestístico sufrido por el equipo blanco estos cuatros días, para el 27 veces ganador del título. No hubo que llamar a rebato ni buscar una remontada para la historia. Tras unos primeros minutos de “toma y daca” un parcial de 7-0 comenzaba a poner en franquía el título para los blancos. Dubljevic desde el 6.75 frenaba la sangría y Randolph ponía el definitivo 22-16 para cerrar el primer acto. El Real Madrid se movería alrededor de los diez puntos de ventaja durante el segundo cuarto, hasta que en los dos minutos finales de dicho periodo la lucha de San Emeterio y Oriola impidió que el conjunto de la capital de España rompiese el partido. Un palmeo del alero cántabro ponía un 47-45 impensable durante los minutos anteriores visto el nivel de juego blanco. Ganaba el espectador, ya que si el Valencia lograba meterse en la lucha no era tanto por demerito del Madrid como por la demostración de que el equipo de Pedro Martínez comparecía a este torneo como uno de los favoritos. No obstante el Real Madrid llevó el mando del partido durante toda la segunda parte y nunca se vio rebasado por el Valencia. Si los de Laso no pudieron cerrar el partido fue precisamente por el aspecto que más vida le había dado en los dos choques anteriores: el rebote. La superioridad taronja fue abrumadora (39 a 23) y la sangría se hizo más evidente en el tablero madridista, donde los de Laso vieron como su rival capturaba hasta 19 rebotes ofensivos que significaban lógicamente otras tantas nuevas oportunidades. Difícilmente puede ganarse un partido con tal déficit reboteador, pero el acierto en el tiro en la final por parte madridista fue escalofriante, con canastas de todas las facturas y desde todas las distancias. Llull, merecido MVP (como también lo hubiera sido Randolph, o incluso Doncic o Ayón) parecía dinamitar el partido y el título con ocho puntos consecutivos en un minuto para poner un 95-87 que a falta de 1.36 amenazaba con sepultar las esperanzas taronja. Pero a los blancos les va la marcha. Si llegaron hasta la final a base de remontadas ahora querían darle vida a su rival. Llull por fin fallaba y Dubljevic y San Emeterio se echaban el equipo a la espalda para acercarse en el marcador. Los de Laso sentían el aliento del rival en el cogote con 95-92 a falta de 20 segundos. Final de tiros libres. Y Llull no perdonaba. 97-92 a falta de 14 segundos. El Valencia necesitaba un milagro, máxime cuando Ayón taponaba el intento de penetración de San Emeterio, pero el rebote de nuevo daba vida a Valencia y Oriola se hacía con la bola para que el propio San Emeterio, quien se había quedado libre de marca al quedarse en el suelo tras el tapón del pívot mejicano, clavase a un triple fintando al propio Ayón a falta de un solo segundo. Un segundo. Al Real Madrid prácticamente le bastaba con sacar de fondo y ver el cronómetro ponerse a cero. Eso debía pensar Randolph, con un inexplicable y arriesgado pase al jugador más adelantado de su equipo, Llull. Joan Sastre adivinó las intenciones (el pase era, como vulgarmente se dice, “telegrafiado”) para recuperar un balón que, caprichos del destino, parecía susceptible de campo atrás. No fue así y el Valencia dispuso de unas desesperadas nueve décimas en las que San Emeterio ni siquiera logró lanzar dentro del tiempo ante la defensa de un Taylor ya imprescindible para Laso. Un Laso que llega donde ningún entrenador ha llegado jamás. 


Las explosiones anotadoras de Llull en los momentos más calientes de los partidos decantaron su nominación como MVP del torneo. Aquella dimensión de juego de los Spanoulis o Navarro, jugadores dotados para ajusticiar con las canastas ganadoras, pertenece ahora a este jugador al que en este blog designamos como el mejor nacional de 2016 y que va camino de repetir este año. 25.6 puntos, 4 rebotes y 5.3 asistencias por partido con una valoración media de 23. Una burrada. Y aun así no fue el madridista que hizo mejores números, ya que hay que quitarse el sombrero ante los 21.6 puntos (con porcentajes brutales, como sus 9 triples de 14 intentos), 5.6 rebotes y 2 tapones de un estratosférico Randolph, quien promedió 26 de media. Los 14.6 puntos, 6.6 rebotes y 5.3 asistencias con las que Doncic ha despedido su minoría de edad en un gran torneo (cumple 18 años el día 28) también son a tener en cuenta, y el MVP de la pasada edición, Gustavo Ayón, sin llegar a la excelencia del pasado año también se ha dejado notar con 10.3 puntos, 3.6 rebotes,  3.3 asistencias y 1.6 robos por partido, para valorar 17.6 de media. Decisivo, y dejando gestas como sus 8 asistencias ante el Baskonia, máximo asistente del partido. No está mal para un pívot. El Real Madrid de Laso sigue rompiendo moldes. 


Y Nocioni, claro. Es como esa botella de tu licor favorito que guardas celosamente en tu bodega. Ya le has dado tus mejores tragos, pero aún de vez en cuando la descorchas y disfrutas de sus esencias. Apenas ha jugado algo más de 7 minutos por partido… pero es que con él en cancha su equipo ha sumado un total de 35 puntos que el rival. 


La final más anotadora (sin prórroga) de los últimos 30 años ha sido el colofón a cuatro días espectaculares, una de las mejores ediciones de la historia con un nivel de juego altísimo, especialmente propuesto por este entrenador valiente y sensato a partes iguales. Este ex –base que maravillaba con su juego eléctrico vistiendo las camisetas de Baskonia y Real Madrid y ahora hace historia con la hegemonía de un equipo que no cree en imposibles. Sigo manteniendo que el Real Madrid de la temporada 2013-14 fue la máxima expresión estética que ha conocido este deporte en Europa en mucho tiempo, pese a que aquel verano y posterior invierno Laso estuvo más fuera que dentro del club blanco tras perder finales de Euroliga y Liga Endesa y comenzar con malos resultados la que finalmente fue temporada perfecta, ganando todos los títulos en juego. Desde entonces el equipo de Laso no ha perdido de vista sus principios básicos de ritmo alto y búsqueda del aro rival antes de que la defensa esté formada, pero con el añadido de una mayor garra y más fuerte músculo, y una química cada vez más evidente entre todos los jugadores. La obra de Laso sigue sin estar acabada. El proyecto continúa vivo, pese a sus (en buena lógica, cada vez menos) detractores. 



Chapu y Thompkins, haciendo piña.



Para complementar la fiesta blanca, los infantiles de la Minicopa se han hecho con el título por quinta vez consecutiva, con el búlgaro Kostadinov como MVP. El primer título de este particular repoker se inició en 2013, curiosamente también en Vitoria, y con un chaval esloveno de nombre Luka Doncic como mejor jugador del torneo. 



Y otro hombre es doblemente feliz dentro del madridismo, y es que la misma madrugada antes de la gran final Felipe Reyes, el gran capitán del equipo blanco, era padre por segunda vez. Enhorabuena.





Lo que viene detrás. 





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