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sábado, 8 de julio de 2017

LA NBA MODERNA Y LA MEMORIA SELECTIVA





Los MVPs unidos jamás serán vencidos



¡Qué no pare la locura! Si el verano pasado Kevin Durant hacía tambalear los cimientos de la NBA con su decisión de enrolarse en Golden State Warriors para convertir a la actual plantilla de Oakland en posiblemente el mejor equipo de la historia conocida (vistas sus series de play offs, el debate es totalmente válido), este año la tendencia parece seguir en aumento. Los propios Warriors añaden a su arsenal a Nick Young, un tirador letal que promedia 18.3 puntos por partido en su carrera NBA y viene de lanzar por encima del 40% en triples en su último curso con los Lakers. Más dinamita para la fiesta ofensiva de Steve Kerr. Stephen Curry, para dejar constancia que sigue siendo el líder de los pistoleros más letales del Oeste, consigue el contrato más alto de la historia del baloncesto, con sus 200 millones a repartir en cinco años. Las cifras marean. ¿Y qué hacen los demás equipos ante esto? Intentan seguir la desorbitada estela de poner dólares encima de la mesa y juntar figuras a tutiplén, dando la sensación de que estemos asistiendo a una liga que, metáfora del mundo en el que vivimos, las desigualdades son cada vez más evidentes. Recurriendo al viejo axioma izquierdista, se podría decir que “los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres” (pese a la presunta apariencia de “nuevos ricos” que puedan tener equipos como los nuevos Timberwolves de Jimmy Butler… o aquellos “experimentos” del estilo de los Brooklyn Nets de Mijail Projorov que fue un fiasco absoluto)  


Chris Paul se va a Houston para junto a James Harden formar el mejor perímetro de la NBA, Paul George en Oklahoma City intentará hacer olvidar a Durant, y junto al MVP y rey del triple-doble Russell Westbrook formar un dueto ambicioso para intentar plantar cara a los todopoderosos Warriors. Los Clippers, ante la salida de Paul, atan a su otra gran estrella, Blake Griffin, con un contratazo de escándalo de 35 millones de dólares al año, mientras confían en Europa para no perder comba con el italiano Gallinari y la llegada, por fin, de Milos Teodosic a la NBA (lo que va a provocar otro efecto dominó en la posición de base en los equipos de Euroliga que habrá que seguir atentamente) Los eternos Spurs se “conforman” con un Rudy Gay venido a menos, pero que sigue siendo un alero de totales garantías para junto a Leonard, Aldridge y Pau Gasol seguir siendo una de las perennes potencias del Oeste.   


¿Y en el Este? Las desigualdades parecen todavía mayores. Sólo Boston parece poder aspirar a derrocar el reinado de Cleveland en su conferencia. Y de qué manera. La contratación de Gordon Hayward, en una decisión que ha tenido en vilo a toda la liga y protagonizada por un jugador que curiosamente hace cinco años parodiaba “The Decision” de LeBron James en un video subido a las redes sociales, les convierte en uno de los equipos más poderosos de la liga. Pero la ambición de Danny Ainge no se detiene aquí y ahora su gran objetivo es Marc Gasol. Isaiah Thomas, Gordon Hayward, Al Horford y Marc Gasol juntos, el sueño de los actuales Celtics.  


Es la NBA de los “superequipos”, una liga que se vanagloriaba de que gracias a su tope salarial y el sistema de draft no se establecían grandes dinastías y un equipo que en un momento dado fuera de los peores de la competición en apenas 5 o 6 años podía convertirse en aspirante al título. Es difícil tener hoy día esa sensación, y lo cierto es que equipos como Brooklyn, Philadelphia, Detroit, Charlotte, Orlando, Sacramento, New Orleans o, quien iba a decirlo, Los Angeles Lakers, parecen hermanos muy muy pobres en la mejor liga del mundo. Pese a tener buenos jugadores y al menos una gran estrella en sus rosters, no pueden competir con las franquicias que han logrado aglutinar a varios jugadores all-star. Como aquellas “superbandas” del pasado, cuando Eric Burdon se juntaba con Steve Winwood, o cuando Bob Dylan, George Harrison, Tom Petty, Jeff Lyne y Roy Orbison se lo pasaban en grande tocando y grabando juntos. 


Todo esto tiene mosca a algunos aficionados, quienes dependiendo de sus particulares fobias buscan culpables en algunos jugadores. Hay quien habla de Durant y su marcha a Oakland, otros de LeBron, por dos veces culpable (primero en Miami con Wade y Bosh, luego en Cleveland con Irving y Love), echando la vista más atrás podríamos hacerlo con Ray Allen y Kevin Garnett uniéndose en Boston con Paul Pierce, o incluso con Gary Payton y Karl Malone buscando el anillo en los Lakers de Kobe y Shaquille. Cada uno de estos movimientos tiene sus matices, evidentemente, no es lo mismo irte a un equipo sin apenas bagaje que busca empezar de cero (cosa que hizo LeBron en su regreso a Cleveland, o incluso en Miami, franquicia que aunque había sido campeona sólo mantenía a Wade como vestigio del pasado exitoso) que a un equipo campeón, o hacerlo, en la recta final de tu carrera, como hicieron Payton y Malone y en menor medida Allen y Garnett que hacerlo en tu plenitud como deportista. En ese sentido, si se trata de hacer un juicio, no me cabe duda que nadie es más “culpable” que Durant, en el mejor momento de su vida deportiva uniéndose a una franquicia que llevaba dos años seguidos dominando el Oeste, que habían ganado el anillo un año antes, y que venían de dejar un registro para la historia con aquel 73-9 en “regular season”. 


El aficionado crítico con la NBA actual y nostálgico del pasado encuentra así otro argumento más para disparar al baloncesto profesional estadounidense. Pero como suele suceder en estos casos no hay nada nuevo bajo el sol, y sólo la memoria selectiva de dicho aficionado hace que olvide que, precisamente la década de los 80, curiosamente la más añorada por el aficionado que desprecia la NBA actual, fue la que mayor desigualdad produjo entre equipos, hablando además de una época en la que había menos equipos y por tanto menos jugadores, con lo cual la concentración de talentos en unas pocas franquicias era más cruenta para el resto de equipos. Se sigue añorando la rivalidad Celtics-Lakers de los 80 como ejemplo de buen baloncesto de aroma “old school” y despreciando la NBA actual, cuando la realidad es que precisamente esa rivalidad se sustentó en la creación de auténticos “superequipos” desde los despachos de ambas franquicias.  




Los Celtics de los 80, ingeniería Auerbach para ganar anillos.



Los “Orgullosos Verdes” de Boston, quienes habían dominado la NBA como nunca jamás se ha vuelto a ver en la historia durante toda la década de los 60 (excepto en 1967 ganaron el anillo todos los años de aquel decenio), resistían en unos años 70 (dos títulos, en el 74 y el 76) cuya segunda mitad de década parecía amenazar cierto declive (retiradas de Don Nelson y John Havliceck, el traspaso de Paul Silas) Había que acertar en el draft (Cedric Maxwell) y tirar de despachos. Así es como llegan nombres ilustres a la franquicia verde del calado de Bob McAdoo, Nate Archibald y Pete Maravich. En 1978 eligen en el número 6 del draft a Larry Bird, pese a que le quedaba un año universitario que cumplió, por lo que no pudieron contar con su mejor jugador de los 80 hasta un año después. Precisamente en 1980 escogían a Kevin McHale con el número 3, un verano en el que llegaría a Boston una de las grandes estrellas de la NBA como era Robert Parish, quien llevaba dos temporadas consecutivas promediando por encima de los 17 puntos y 10 rebotes por partido en Golden State Warriors. Por si fuera poco para reforzar el puesto de base en 1983 llegaba un jugador que había sido cuatro veces All-Star y MVP de unas finales, Dennis Johnson, y como guinda al pastel en 1986 nada menos que Bill Walton, campeón de la NBA con Portland en el 77, MVP de aquellas finales, y MVP de la NBA en 1978. Súmenle a todo eso estrellas como Cedric Maxwell y Nate Archibald (sigue siendo el único jugador en la historia que ha liderado en una misma temporada regular puntos y asistencias) Sólo Danny Ainge, un sorprendente segunda ronda de draft, no tenía vitola de estrella en el núcleo duro de aquellos Celtics de los 80 (vitola que con justicia acabaría adquiriendo, claro) En aquel 1986 ya no están Maxwell ni Archibald, pero con Bird, Johnson, McHale, Parish y Walton hablamos de cinco all-stars, tres MVPs de unas series finales, y dos MVPs de temporada regular. Nada que envidiar en cuanto a concentración de talento a los actuales Golden State Warriors. 


Su némesis por aquellos años, Los Angeles Lakers, no se quedaban atrás a la hora de coleccionar estrellas. Kareem Abdul-Jabbar, uno de los mejores pívots de la historia, ya llevaba tres años cuando se hacen con el número 1 del draft de 1979, el genial “Magic” Johnson. Tres años después se hacen con otro número 1, James Worthy. Al año siguiente consiguen vía trade a un jugador de segundo año que había sido número 4 en 1983, Byron Scott. Por aquellos años recordarán que ya andaba por allí otra estrella como Jamaal Wilkes, fichado en 1977 y Rookie of The Year dos años antes, además de campeón en Golden State Warriors. Los Lakers ganan nada menos que cinco títulos durante los 80, con rosters plagados de números 1 del draft y jugadores All-Star. ¿Les sigue pareciendo tan novedoso lo de los Cleveland o Golden State actuales?   



Es cierto que equipos posteriores como los Detroit Pistons o los Chicago Bulls no se forman con tanta espectacularidad desde los despachos, pero aun así necesitan movimientos claves para convertirse en campeones (el traspaso de Dantley por Aguirre, o el traspaso que lleva a Scottie Pippen a Chicago desde Seattle, donde no llega ni a jugar), y hay que recordar que incluso un jugador como Clyde Drexler no pudo ganar el anillo hasta que unió sus fuerzas con Hakeem Olajuwom en Houston a mediados de los 90.  



Y es que en realidad, como la historia misma de las desigualdades económicas en el mundo, de la riqueza y de la pobreza, la historia de las desigualdades de talento en las franquicias NBA es tan vieja como la misma humanidad.  





Clyde Drexler consiguió en Houston lo que no pudo en Portland




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